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Cielo en Llamas
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Cuando desperté… el cielo estaba ardiendo.
Rojo fuego.
Brillante.
Reluciente.
Por un estúpido segundo quise levantar mi mano y
tocarlo. Sentía que podía tocarlo. Estaba caliente. Ardía. Dolía.
Yo dolía. Todo mi cuerpo estaba adolorido.
Fue allí cuando me pregunté dónde estaba, ¿Qué había
pasado? ¿Por qué todo era rojo? ¿Por qué el cielo estaba rojo?
Siempre odié el rojo.
Y allí estaba, en todas partes.
Hice el intento de girar mi cuello a pesar de la
dificultad que ese simple movimiento me causaba. Tenía que haber algo
alrededor. Algo que me dijera que pasaba y porqué estaba allí.
Nada.
Un extenso vacío si vislumbraba a mí alrededor. Todo rodeado
de ese horripilante rojo. Hice otro nuevo intento de moverme, pero ahora con
mis brazos. No pude.
Entonces escuché una voz. Era suave, agradable. No parecía
lejana, sin embargo era tan dulce y serena que parecía que estuviera a
kilómetros de distancia.
La voz me llamaba.
“Vuelve”, decía, “Vuelve conmigo”.
Y yo quería ir, pero no sabía a dónde tenía que volver.
La voz volvió a alzarse, esta vez más fuerte.
“Te extraño”, decía, “Te necesito conmigo”.
Por un momento deseé saber a quién pertenecía aquella
voz. Era tan hermosa. Una voz masculina y a la vez delicada. Era la voz más
hermosa que había escuchado, más hermosa que la de cualquier cantante que
alguna vez haya usado la suya.
Y sentía que me hablaba a mí. Quería responderle,
quería decirle: “También te necesito, también quiero estar contigo. Muéstrate,
quiero verte”.
Pero yo seguía sin ver nada más que rojo.
La voz comenzó a hacer sonidos raros, leves jadeos y
suspiros entrecortados como quien trata de callar algo que no desea que nadie
escuche.
Era el sonido del llano. Un llanto profundo, letal.
Un llanto que me apretaba el pecho y me daban ganas de
abrazar a quien lo producía. Cobijar a aquella persona hasta que parara.
La voz volvió a alzarse una vez más. De allí provenía
el llanto.
“Te quiero, por favor regresa. Prometo protegerte,
prometo esta vez sí ser tu héroe. ¡No tenías porqué haber hecho eso! ¡No
tuviste que salir de casa y hacer ese estúpido viaje!”, recriminó la voz. Quería
sonar enfadada, pero los sollozos solo le daban un toque de tristeza y
reproche.
Yo quería consolarlo. Anhelaba que apareciera y poder
decirle que siempre había sido mi héroe. Que no era su culpa. Fue mi
imprudencia. Fue esa maldita pelea que tuvimos.
¿Pelea? ¿Héroe? ¿Viaje? Esas palabras eran tan
conocidas…
Y entonces todo volvió a mí.
La discusión a medianoche con Max, mi novio. Los gritos
y mí apresurada salida. El avión. Tomé un avión para irme a la casa de mis
padres y no ver su cara por un largo tiempo.
El accidente. Los problemas técnicos del avión que
provocaron que dejara de funcionar.
Caímos en picada hacia una zona plana con algunos
árboles. Seguramente me quedé inconsciente por la pérdida de sangre de algunas
heridas en mi cuerpo.
Estaba tirada en la nada. La voz no existía. Estaba en
mi casa.
Yo estaba perdida, y veía todo rojo.
A mi alrededor solo había destrucción, y cadáveres.
El cielo estaba ardiendo porque yo ardía, yo me
quemaba.
Yo me estaba muriendo.
Y el rojo, ese indeseable rojo que siempre desprecié,
sería lo último que mis ojos verían antes de cerrarse.
“Lo siento, Max. Tal vez… tal vez estaré mucho más
lejos de lo que pensaba. Te quiero, no lo olvides”.
El cielo seguía ardiendo, pero yo ya había dejado de
observarlo.
Ahora todo era negro.
Ahora estaba envuelta en una profunda oscuridad sin
retorno.
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